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Coronavirus y el libelo de sangre antisemita en Argentina
por Marcelo Wio
7 de Abril de 2020

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El símbolo es imposible sin un creador/testigo y sin una audiencia, de la misma manera en que es imposible sin una estructura que lo contenga y que disponga las claves que, parafraseando a (o usurpando el texto de) Eugenio Trías (La edad del espíritu), “permitan debidamente orientar en relación a lo que significan”.

La estructura mayor para símbolos como el del libelo de sangre o del poder financiero judío es el antisemitismo. O, dicho de otra manera, de esa estructura de odio emergen, como “demostraciones” o “justificaciones” de la misma, estos símbolos que se pretenden reflejos acabados de la realidad.

El periodista Tomás Méndez, del canal argentino C5N, daba el 1 de abril de 2020 un ejemplo de la mezcla de ambos libelos (el de sangre, traducido a la modernidad a través del coronavirus; y aquel que no necesita adaptaciones, y que sostiene que los judíos controlan el mundo por medio del dinero) en un informe televisivo sobre el coronavirus; o, mejor dicho, en una grotesca presentación y validación de teorías conspirativas ya desmentidas o desacreditadas.

Pero la conspiración y el libelo no trabajan con los hechos – y, si lo hacen, es tangencialmente, apenas para traer a colación esa sospecha vieja, ese odio rancio.

Así, el “periodista” lanzaba:

“Es realmente impactante cómo los ricos del mundo, los que están por encima de los Estados Unidos, que nacieron allí, otros en Israel y otros en Europa, son los verdaderos dueños de tu vida y han generado este virus”.

Los “ricos del mundo”, al parecer, no nacen ni en Asia, ni en Oriente Medio u Oceanía, por ejemplo.

Pero, ¿quiénes son esos que no menciona, pero a los que alude tan elocuentemente? La clave está en un pequeño país que menciona nada casualmente: son los judíos (con Israel como país donde se encuentra el mayor número; siguiendo con Estados Unidos y Europa).

El programa del canal argentino se apoyaba en otro de la televisión italiana que hablaba de un coronavirus quimérico creado para una investigación – de la que se publicaron trabajos científicos - en un laboratorio de China, a partir del SHC014 presente en murciélagos, y que podía afectar a seres humanos, de acuerdo a lo publicado en 2015 por la revista Nature. En un artículo del 17 de marzo de 2020, esta publicación aclaraba que, de acuerdo a los análisis genéticos del covid-19, éste no es un virus manipulado o creado en laboratorio.

Por otra parte, de acuerdo con el diario argentino Clarín, el 26 de marzo pasado, el programa italiano “abordó la equivocada relación entre el experimento del 2015 y el COVID-19. Allí entrevistaron a Antonio Lanzavecchia, director del Instituto Bellinzona y uno de los investigadores que participó en el experimento de 2015. Lanzavecchia confirmó que la COVID-19 es distinto al que se creó hace 5 años”.

Pero realidad y libelo no se llevan bien. Había que callar y falsificar, y hacer parecer sórdido lo que era claro, lo que no era ningún secreto.
 
 
El periodista, incluso llegaba a decir que las familias Rothschil y Agnelli son dueñas de la Reserva Federal de Estados Unidos. Aunque esta Reserva indica en su página web que no ésta no es “propiedad” de nadie.
 
Creada en 1913 por la Federal Reserve Act para que sirva como banco central del país, su junta de gobernadores en Washington D.C. es una agencia del gobierno federal y responde al Congreso de ese país. Además, explica que muchas veces se considera erróneamente a dicha Reserva como una entidad privada por el hecho de que los bancos de la Reserva Federal están organizados de manera similar a las empresas privadas. “Sin embargo – señala -, poseer acciones del Banco de la Reserva es muy diferente de poseer acciones de una empresa privada. Los bancos de la Reserva no funcionan con fines de lucro, y tener en propiedad una cierta cantidad de acciones es, por ley, una condición para ser miembro del Sistema. De hecho, los bancos de Reserva están obligados por ley a transferir las ganancias netas al Tesoro de los Estados Unidos luego de sufragar todos los gastos necesarios de los bancos de Reserva, los pagos de dividendos exigidos por la ley y el mantenimiento de un saldo limitado en un fondo de superávit”.
 
La mención de la familia italiana era inevitable porque mencionaba un artículo que, en realidad no citaba (apenas utilizaba la ilustración de tapa como elemento para fabricar confabulación), publicado por The Economist, del cual Agnelli es su mayor accionista con el 43 % - amén de revestir de pretendida legitimidad a las insinuaciones de siempre; después de todo, ¿quién se acordará de este nombre al final del programa?. Eso sí, mencionaba en primer lugar a la familia Rothschild como propietaria, a pesar de poseer un porcentaje menor de acciones...
 
 
 

Una conspiración a la vista de todos y un culpable habitual

 
La “conspiración”, si se va a promover desde los medios de comunicación, precisa de un “periodismo” sin hechos. Es decir, de algo que apenas se disfraza de información, de unas ciertas prácticas que se le supone a estos profesionales, y que se dedica a introducir un comentario capcioso, una sospecha, entre omisión y omisión, entre distorsión y distorsión. Es decir, la manufactura de una “realidad” paralela que termine por suplantar a la realidad.

Debajo de esto lace una estructura de creencias (hostiles) contra los judíos – asimiladas o aceptadas – que ofrecen las claves de significado y de interpretación de los sobreentendidos, de símbolos, de guiños, de silencios calculados.

El antisemitismo, decía Bernard Lews (The New Anti-Semitism -First religion, then race, then what?), tiene dos características especiales. Por un lado, los judíos son juzgados mediante un estándar diferente al que se aplica a otros. Por otro, una característica que es más importante: la acusación contra los judíos de que son un mal cósmico. Se trata de una acusación que, evidentemente no precisa argumentos, pruebas, porque, además, está tan arraigado en tantísimas culturas, que se ha vuelto atávica.

Tomás Méndez presentaba un símbolo (en forma de silencio, de sugerencia obvia). O, volviendo con Trías, un “acontecimiento simbólico [que] constituye un encuentro. O una relación entre cierta presencia que sale de la ocultación y cierto testigo [como una suerte de intermediario, de oficiante, si se quiere] que la reconoce (y la determina su forma, o su figura)”. Pero esa presencia no es sagrada, como en ciertos mitos y religiones, sino, por el contrario, su opuesto: terrenal, malvado y muy bien identificado.

Estas prácticas no suceden en el vacío. Detrás de ellas (como una suerte de sistema que se retroalimentación) hay la aceptación por una parte del público; es decir, su participación (como base “consensual” o como agentes propagadores), que ayudan a establecer una línea de continuidad entre el prejuicio pasado y el odio presente; es decir, convirtiendo (o postulando) al libelo en norma - sin excepciones, sin grietas posibles, única constancia entre la cambiante humanidad.
 
 
 
 
         
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