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¿Dónde está la cobertura?
por Grupo ReVista
25 de Julio de 2013

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Cuando el mundo periodístico está volcado en el reinicio de las conversaciones de paz y sobre los escollos que se presentan en el camino de hacia un acuerdo definitivo entre las partes, ¿no llama poderosamente la atención que no se mencione la glorificación del terrorismo como uno de esos escollos? ¿O el papel de obstaculizador ya fue otorgado de antemano a Israel?

El 25 de julio de 2013, Palestinian Media Watch informaba que, una vez más, se le rindieron honores a un terrorista palestino.

La organización indicaba:

“Fatah [de la cual Mahmoud Abbas es el presidente] homenajea a terrorista listando 61 de sus asesinatos [el 22 de julio de 2013 en su página oficial de Facebook].

Fatah glorifica al terrorista Abdallah Barghouti como un ‘valiente prisionero' porque preparó las bombas para los ataques terroristas suicidas que:

‘mataron a 15 sionistas' en el restaurante Sbarro

‘mataron a 11 sionistas' en el Café Moment

‘mataron a 15 sionistas' en el Club Nocturno Sheffield

‘mataron a 9 sionistas' en la Universidad Hebrea

‘mataron a 11 sionistas' en el mercado de Ben Yehuda”.

El ataque terrorista contra la pizzería Sbarro, del 9 de agosto de 2001, dejó un saldo de 15 civiles israelíes muertos. Siete de ellos, niños; y cerca de 130 personas resultaron heridas.

El sábado 9 de marzo de 2002, un terrorista suicida palestino entró en el Café Moment – considerado entonces uno de los lugares más populares de Jerusalén - en el barrio de Rehavia, poco antes de las 22.33. Once jóvenes civiles israelíes, de entre 31 y 22 años fueron asesinados esa noche y unas 54 personas resultaron heridas.

El Club Sheffield fue objeto de un ataque terrorista el 7 de mayo de 2002. El club estaba ubicado en la zona industrial de la localidad de Rishon Letzion, al sur este de Tel Aviv. Según explicaba el diario Ha'artez, “decenas de hombres y mujeres pasaban sud días y noches, reunidos con amigos o probando suerte en las máquinas tragaperras y en los juegos de cartas o snooker”. Quince personas fueron asesinadas ese día, y otras 60 fueron heridas.

El 31 de julio de 2002 el reloj de la violencia marcó otro instante de terror: 9 personas fueron asesinadas – cuatro israelíes y cinco extranjeros -, y 85 resultaron heridas cuando un terrorista dejó una bomba en una mochila con explosivos y metralla que explotó, poco después de las 13.30, en la cafetería Frank Sinatra de la universidad.

Dos terroristas suicidas detonaron sus bombas cerca de las 23.30 de del sábado 1 de diciembre de 2001 en el mercado peatonal de Ben Yehuda, en Jerusalén. Once personas (entre los 14 y 21 años) fueron asesinadas, y hubo 188 heridos.

Esto, para Fatah – dirigida por el presidente palestino, y la mayor facción de la OLP – es motivo de aplauso.

Ernesto Garzón Valdés - filósofo y ex profesor de filosofía del derecho de las universidades de Córdoba y La Plata en Argentina, y, en Alemania, de las universidades de Bonn, Colonia y Maguncia – dejaba bien claro, en un ensayo, que:

… cuando quien combate por la libertad de su pueblo utiliza el método terrorista, convierte una causa cuya legitimidad podría ser objeto de evaluación moral positiva en una empresa inexcusable. Dado que el terrorismo es un método de ejercicio de la violencia, toda persona o grupo de personas que lo utilice se transforma en terrorista, ocasional o permanente, en el respectivo ámbito de su actuación”.

Y hacía una distinción vital en cuanto a la intencionalidad. En el caso del acto terrorista los daños son intencionales (intencionalmente se dispara contra poblaciones civiles) y tienen una función definitoria. Se trata, escribía Garzón Valdés, de la “comisión deliberada de atrocidades que suponen una violación masiva de los derechos humanos”.

Algo bien distinto de los daños colaterales surgidos de operaciones dirigidas, por ejemplo, contra células terroristas que se ubican en áreas densamente pobladas con el fin de, o evitar las represalias o de, si se dan, usufructuar las muertes de civiles para señalar la “brutalidad” del “otro”.

No tener en cuenta estos hechos incontestables es fomentar una falsa equivalencia moral que sólo fomenta la continuidad del conflicto, sino que limpia la imagen de los terroristas.

Y los medios, sumidos en un silencio que se parece cada más a la complicidad.

 
         
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